¿Ser joven para hacer publicidad para jóvenes?

Los amigos de Adlatina me hicieron esa pregunta hace unos días y me quedó resonando, como esas frases que no te incomodan por lo que dicen, sino por lo que asumen. No porque la pregunta no sea válida, sino porque revela algo de cómo pensamos la industria: tendemos a imaginar a “los jóvenes” como si fueran una especie exótica que sólo alguien de su misma edad pudiera interpretar.

Pero entender a alguien que no sos —sea alguien de 17 o de 70— nunca fue un dato del DNI. Es un ejercicio de disponibilidad emocional. Es seguir mirando, seguir preguntando, seguir sospechando de tus propias certezas. Lo que envejece no es cumplir años; es dejar de escuchar. Cuando tenía 25 trabajaba para audiencias de 40 o 50 y nunca sentí que la edad fuera un límite: estudiar al otro es parte del oficio. Y a veces, no coincidir en edad es una ventaja: te obliga a mirar distinto, a no dar nada por sentado.

Porque al final no es un tema de juventud, sino de algo más frágil y más difícil de sostener: la curiosidad.
La curiosidad es un músculo: si no lo trabajas, se atrofia. No se hereda, no se compra, no se mantiene solo. Un día dejas de escuchar, dejas de preguntar, dejas de mirar con la incomodidad de quien todavía no sabe. Y ahí, incluso a los 25, empiezas a envejecer.

En cambio, cuando trabajas con gente de edades distintas pasa algo que ningún manual enseña pero a veces sucede: alguien mira una idea desde un costado inesperado, alguien trae una experiencia que no sabías que necesitabas, alguien pregunta algo que te desarma. De esa mezcla —no de la juventud pura— aparece lo verdadero. No es la edad lo que importa, es el roce: de generaciones, de géneros, de modos de estar en el mundo.

Los clientes no buscan equipos jóvenes. Buscan relevancia. Y la relevancia no responde a la biología: es caprichosa, inquieta, un poco salvaje. Más parecida al deseo que a la demografía. Por eso puede aparecer en alguien de 25 o de 55. La relevancia no pide permiso.

Si pienso en las personas que más me marcaron, nunca recuerdo su edad.
Recuerdo su manera de escuchar sin sentirse amenazados, su capacidad de hacer preguntas incómodas, su forma de confiar en la inteligencia colectiva más que en su propio ego.

Al final, para sobrevivir en esta industria no hace falta una pócima de juventud.
Creo que hace falta curiosidad para no repetirte, humildad para aceptar que nunca tienes la foto completa, coraje para ir a contrapelo cuando todos van en fila y una honestidad tierna: esa que incomoda, pero no lastima.

La vigencia no es una edad.
Es un movimiento.
Una manera de seguir mirándote —y mirar a los demás— sin la pretensión de saberlo todo.

(2025)

Ale

Socio - CSO